En la sociedad dominicana parece haberse normalizado una práctica peligrosa: la de incumplir acuerdos, reinterpretar pactos a conveniencia y modificar, sobre la marcha, lo que originalmente se prometió. Esta cultura no solo erosiona la confianza en la clase política, sino que también debilita el tejido institucional y genera un escepticismo profundo en la ciudadanía.
Hoy, cuando se habla de la posible explotación del oro en San Juan de la Maguana, la reacción de la población no es de esperanza ni de desarrollo, sino de desconfianza. Y no es casual. La gente ha aprendido, a fuerza de experiencias previas, que lo que inicia con discursos técnicos y promesas de responsabilidad ambiental suele transformarse, con el tiempo, en algo muy distinto.
Se asegura que la extracción será subterránea, controlada y respetuosa del medio ambiente. Sin embargo, el temor colectivo apunta a otro desenlace: explotación a cielo abierto, degradación de los recursos naturales y la instalación de presas de cola que comprometan la seguridad ambiental y la salud de las comunidades. Es el mismo guion que muchos entienden ya se ha visto antes.
El caso de Cotuí se ha convertido en una referencia obligada en este debate. Para muchos dominicanos, representa la evidencia de que las promesas iniciales no siempre se cumplen y que los beneficios económicos no necesariamente se traducen en bienestar sostenible para las comunidades afectadas. La percepción, más allá de los datos técnicos, es que el oro se va, pero las consecuencias se quedan.
San Juan de la Maguana, la provincia más extensa del país, enfrenta ahora ese dilema: confiar en acuerdos que históricamente han sido vulnerables o resistirse ante el riesgo de repetir una historia que otros consideran ya conocida. El problema de fondo no es únicamente la minería, sino la credibilidad.
Sin confianza, no hay pacto que se sostenga. Y sin el cumplimiento de los acuerdos, cualquier proyecto, por más prometedor que parezca en el papel, nace con un rechazo legítimo. La sociedad dominicana no solo exige desarrollo; exige garantías de que lo acordado hoy no será traicionado mañana.
Mientras esa cultura de incumplimiento persista, cada nuevo proyecto será recibido con sospecha. Y quizás con razón.

Por Wilder Páez, periodista

