La Circunvalación de Baní nació como una solución vial destinada a descongestionar el tránsito urbano y dinamizar el comercio en la región Sur. Sin embargo, lo que debía simbolizar progreso y desarrollo se ha transformado en motivo de preocupación por la creciente ola de accidentes, muchos de ellos asociados al exceso de velocidad. No hablamos de simples estadísticas: hablamos de vidas truncadas, familias marcadas para siempre y comunidades golpeadas por la imprudencia y la ausencia de controles efectivos.
Reducir la velocidad en esta vía no puede seguir siendo un mero llamado a la conciencia ciudadana. Se requieren acciones concretas, sostenidas y técnicamente fundamentadas. La instalación de radares fijos y móviles con fiscalización real sería un paso decisivo. No basta con colocar letreros que adviertan “Reduzca la velocidad” si no existe una consecuencia inmediata para quien infringe la norma. La certeza de una sanción automática tiene un efecto disuasivo mucho mayor que cualquier exhortación moral.
Otro método eficaz es la implementación de medidas físicas estratégicamente ubicadas en zonas críticas, especialmente en intersecciones, accesos a comunidades y retornos improvisados. Aunque en una vía rápida los reductores tradicionales pueden resultar controversiales, existen alternativas modernas como bandas sonoras (vibradores longitudinales) y franjas ópticas que generan una sensación visual de estrechamiento, induciendo al conductor a disminuir la velocidad sin afectar drásticamente el flujo vehicular.
La iluminación también juega un papel determinante. Una carretera oscura se convierte en una pista peligrosa donde la velocidad parece inofensiva hasta que surge un obstáculo inesperado. Mejorar la iluminación, reforzar la señalización reflectiva y optimizar las demarcaciones puede reducir considerablemente los siniestros nocturnos.
Pero más allá de la infraestructura, existe un componente cultural imposible de ignorar. En la República Dominicana persiste una preocupante normalización del exceso de velocidad. Muchos conductores asumen la circunvalación como si fuera una pista de carreras. En ese contexto, las campañas educativas permanentes —respaldadas por medios locales y autoridades— pueden contribuir a transformar mentalidades. No se trata de iniciativas aisladas, sino de programas continuos que vinculen el respeto a los límites de velocidad con la preservación de la vida.
Asimismo, la presencia visible y activa de agentes de la Dirección General de Seguridad de Tránsito y Transporte Terrestre en puntos estratégicos generaría un efecto preventivo inmediato. La autoridad no debe aparecer únicamente después del accidente, sino antes, como elemento disuasivo.
Finalmente, resulta imprescindible realizar un estudio técnico independiente que identifique los puntos de mayor siniestralidad. No todas las soluciones deben aplicarse de manera uniforme en toda la vía. En algunos tramos quizá sea necesario rediseñar retornos; en otros, instalar barreras de contención adicionales o replantear límites de velocidad más realistas y claramente señalizados.
La circunvalación no puede seguir siendo sinónimo de riesgo. Convertirla en una vía segura exige voluntad política, inversión responsable y, sobre todo, un cambio de comportamiento colectivo. La pregunta no es si podemos reducir la velocidad; la verdadera pregunta es cuánto más estamos dispuestos a esperar antes de actuar con firmeza.
Por Wilder Páez

