Gorilas y chimpancés ante el dolor de Colombia
Por Samuel Reyes Raposo, escritor y educador dominicano
En la serie de televisión estadounidense de los años setenta, El Planeta de los Simios, uno de sus episodios presentaba una situación en la que un chimpancé se enamoraba de un ser humano debido a que era ciega y se había dejado llevar por su seductora voz masculina. El episodio fue titulado “La Decepción”. Para explicarle su equivocación, el propio humano le narró la historia bíblica del engaño que Jacob tramó contra su anciano padre Isaac para obtener la bendición que correspondía a su hermano Esaú por ser el hijo mayor.
Aquellos eran tiempos en los que todavía las películas procuraban transmitir valores y principios éticos y morales. Hoy, en cambio, muchas veces las historias políticas y sociales parecen reducirse a una lucha permanente por el poder.
En aquella película, los simios eran civilizados y los humanos aparecían como animales. Los simios se dividían entre gorilas, rudos, fuertes, armados y primitivos en sus modales, y chimpancés, caracterizados por ser sabios, prudentes y pacíficos.
La metáfora puede parecer extraña en estos momentos, pero resulta inevitable cuando observamos la realidad política de Colombia mientras el país enfrenta una de las mayores tragedias que puede sufrir una nación: un terremoto que ha dejado cientos de muertos, numerosos heridos, familias sin hogar y daños materiales de enorme magnitud.
Ante una tragedia de esta dimensión, las diferencias políticas deberían pasar a un segundo plano. Las víctimas no preguntan por quién votaron quienes llegan a rescatarlas. El niño que perdió su hogar no pregunta si sus padres eran de izquierda o de derecha. La familia que espera noticias de un ser querido desaparecido no pregunta qué partido gobierna. El anciano que necesita medicamentos, alimento y refugio no pregunta cuál es la ideología de quien le tiende la mano.
El dolor no tiene partido. La muerte no tiene ideología. La solidaridad tampoco debería tenerla.
Colombia ha vivido durante años una profunda polarización política. Gustavo Petro y Abelardo De La Espriella representan posiciones políticas muy diferentes y han encarnado, junto con sus seguidores, buena parte de las tensiones que dividen al país.
Pero un terremoto puede recordarnos una verdad elemental que la política muchas veces hace olvidar: antes que liberales, conservadores, progresistas, uribistas, petristas o seguidores de cualquier otra corriente política, somos seres humanos y somos colombianos.
Hoy no es tiempo de preguntar quién ganó y quién perdió. Hoy hay familias que lo han perdido todo.
No es tiempo de buscar culpables políticos. Es tiempo de buscar sobrevivientes.
No es tiempo de alimentar la confrontación. Es tiempo de organizar la ayuda.
No es tiempo de demostrar quién tiene la razón. Es tiempo de demostrar quién tiene corazón.
La tragedia ha colocado a los dirigentes colombianos ante una oportunidad histórica. Abelardo De La Espriella, como jefe del Estado, y Gustavo Petro, como expresidente y líder de una importante corriente política del país, tienen la posibilidad de demostrar que, por encima de sus profundas diferencias, existe algo que los une: la responsabilidad moral de contribuir al bienestar del pueblo colombiano.
En circunstancias normales pueden discrepar. Pueden debatir. Pueden cuestionarse. Pueden defender modelos diferentes de nación. Eso forma parte de una democracia.
Pero frente al sufrimiento de miles de colombianos, el país necesita verlos unidos.
Sería un gesto de grandeza que los líderes políticos se encontraran, aunque fuera simbólicamente, junto a los damnificados; que convocaran a sus seguidores a colaborar; que pusieran sus estructuras políticas y sociales al servicio de los afectados; que promovieran campañas nacionales de solidaridad y que demostraran que una diferencia ideológica no tiene por qué convertirse en enemistad personal.
La historia bíblica de Jacob y Esaú también puede enseñarnos algo en este momento. Dos hermanos terminaron enfrentados por la ambición, la rivalidad y una bendición que ambos consideraban fundamental. Sin embargo, hubo un momento en que tuvieron que encontrarse nuevamente.
Colombia también necesita un encuentro.
Necesita que sus líderes comprendan que una nación no se construye cuando una mitad destruye lo que construyó la otra mitad. Una nación se construye cuando todos comprenden que el país pertenece a todos.
La moraleja de El Planeta de los Simios sigue siendo inquietante: los seres humanos destruyeron su propia civilización y, como consecuencia, terminaron sometidos por aquellos que consideraban inferiores.
Colombia no puede permitir que la polarización destruya su propia convivencia.
Los “gorilas” políticos, los que solamente entienden el lenguaje de la fuerza, la confrontación, el insulto y la imposición, no pueden imponerse sobre los “chimpancés” que representan la prudencia, el diálogo, la sabiduría y la paz.
Hoy Colombia necesita menos gorilas y más chimpancés.
Necesita menos gritos y más solidaridad.
Menos discursos de odio y más manos extendidas.
Menos rivalidad y más fraternidad.
El terremoto ha sacudido la tierra colombiana, pero también debería sacudir nuestras conciencias. Debería recordarnos que ningún cargo público es eterno, que ninguna ideología merece más respeto que la dignidad humana y que ningún triunfo político puede compararse con salvar una vida.
Que esta tragedia sea una oportunidad para que Colombia descubra que puede unirse cuando más lo necesita.
Que Abelardo De La Espriella y Gustavo Petro puedan demostrar que sus diferencias políticas no están por encima del sufrimiento de su pueblo.
Que los dirigentes de todos los partidos hagan lo mismo.
Que los colombianos de derecha, de izquierda y de centro se den la mano.
Que los empresarios, iglesias, universidades, organizaciones sociales, fuerzas militares, medios de comunicación y ciudadanos comunes se unan a la gran tarea de reconstruir las vidas y los hogares destruidos.
Porque cuando la tierra tiembla, todos estamos sobre la misma tierra.
Cuando una familia llora, todos deberíamos sentir su dolor.
Y cuando una nación sufre, todos estamos llamados a servirla.
Colombia no necesita en este momento vencedores ni vencidos.
Necesita líderes. Precisa servidores. Requiere hermanos.
Que este terremoto no deje solamente ruinas materiales. Que deje también una lección: ninguna diferencia política es tan grande como para que impida unirse cuando su pueblo sufre.
Y que Colombia, en lugar de convertirse en un verdadero Planeta de los Simios, encuentre en medio de la tragedia la sabiduría, la prudencia y la humanidad necesarias para reconstruirse.

