He estado observando con la debida preocupación social de un educador, escritor y predicador, el comportamiento anti social de una parte de la población juvenil dominicana en el Estado de Nueva York.
Hace unos días se celebró con gran entusiasmo y orden el desfile de La Gran Parada Dominicana en la Sexta Avenida de Manhattan y a través de la televisión veíamos con alegría el desborde de nuestra cultura con merengues, carrosas, diablos cojuelos y otras manifestaciones propias de nuestra idiosincrasia.
Sin embargo, determinados episodios de vandalismo de una gran cantidad de jóvenes dominicanos que no representan la mayoría empañaron el éxito del desfile dominicano.
Me pregunto, qué puede estar detrás de esos comportamientos? Posiblemente estemos ante una combinación de factores y el primero de ellos creo que es una crisis de referentes. Antes, aunque existieran rebeldías juveniles, había instituciones que funcionaban como referentes: familia, escuela, iglesia, comunidad, trabajo y determinadas figuras públicas.
Hoy esos referentes compiten con TiK tok, Instagram, You Tube y otras plataformas donde un joven puede obtener reconocimiento simplemente provocando, exhibiéndose o transgrediendo.
Otro factor social sería la influencia de contenidos violentos y de determinados contenidos de música urbana y redes sociales en la conducta juvenil.
Un tercer factor que considero preocupante es la cultura de la viralidad. Hacer algo escandaloso ya no es solamente una conducta: es producir contenido.
La lógica puede convertirse en: “Si logro que me graben, que el video se haga viral y que miles de personas comenten, existo”.
Esto modifica peligrosamente la relación entre transgresión y recompensa. El reconocimiento social puede llegar precisamente por aquello que antes producía vergüenza.
Considero importante reconocer la frustración económica y la sensación de exclusión de aquellos jóvenes que ni estudian ni trabajan. Por supuesto, con todo el respeto, no los considero automáticamente como los protagonistas de esos disturbios pues ser “nini” no los convierte en delincuentes.
El problema es otro, un joven sin proyecto de vida puede ser más vulnerable a encontrar identidad, pertenencia y reconocimiento en grupos que si le ofrecen esas cosas. Esto conecta directamente con mi concepto de Generación Inconforme: jóvenes que no necesariamente saben contra qué están protestando ni qué sociedad quieren construir, pero manifiestan inconformidad mediante desafío, consumo, exhibicionismo o ruptura de las normas.
Otro elemento que me parece fundamental analizar es la pérdida del sentido de los límites. Una sociedad puede tener jóvenes inconformes y eso no necesariamente es malo. De hecho, muchas transformaciones sociales fueron impulsadas por jóvenes inconformes.
La diferencia está entre la inconformidad más los ideales y que se logre transformación y la inconformidad más el vacío existencial con ausencia de límites que lleve a la conducta destructiva.
La UNICEF acaba de encontrar que solamente el 37% de los adolescentes dominicanos consultados afirma sentirse seguro en los espacios digitales que utiliza. Esto demuestra que el universo digital en el que está creciendo esta generación no es un espacio neutral sino que ofrece oportunidades, pero también exposición a violencia y otros riesgos.
Estoy pensando en reformular mi concepto de Generación Inconforme y llamarlos la “generación perdida”. La Generación Inconforme del Siglo XXI: una generación que heredó más información que orientación, más conexiones que vínculos, más libertad que límites y más posibilidades de expresarse que herramientas para construir un proyecto de vida.
Aquí me aparece una pregunta interesante: ¿Estamos frente a una juventud que se volvió problemática, o frente a una sociedad adulta que no supo transmitirle suficientemente valores, propósito, disciplina y esperanza? Creo que la respuesta es ambas cosas, pero la segunda pregunta nos obliga a mirarnos nosotros mismos.
Porque si un muchacho aprende que el éxito consiste en tener dinero rápido, exhibirlo en las redes, conseguir seguidores y desafiar las normas, no podemos culpar únicamente al muchacho. Alguien le enseñó o dejó de enseñarle qué significa tener éxito.
Hay un dato esperanzador, más de 7,000 adolescentes y jóvenes dominicanos participan activamente en U-Report de UNICEF, expresándose sobre educación, violencia, salud, cambio climático y otros asuntos. Es decir, la juventud dominicana no está perdida. Hay una parte que quiere participar, aportar y ser escuchada.
El gran desafío del siglo XXI no será controlar a los jóvenes inconformes, sino ofrecerles suficientes razones para que su inconformidad se convierta en transformación y no en destrucción.
Miguel Andrés Reyes Raposo

